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Hace 34 años ya…

Se cumplen hoy 34 años de un partido que marcó a toda una generación. En el estadio de Las Gaunas, el 18 de mayo de 1986, se produjo la primera gran diáspora de la historia moderna del mallorquinismo. La ocasión lo valía: el equipo dependía de sí mismo para ascender a Primera División después de que en la semana anterior una derrota del Deportivo en el Carlos Tartiere hubiera permitido lo que parecía imposible unas cuentas jornadas atrás.

Quedaba por superar un último escollo, el Logroñés. Los riojanos habían llevado a cabo una temporada decepcionante y no se jugaban absolutamente nada en el partido, pero el Mallorca se enfrentaba al peor de sus fantasmas: su pésimo rendimiento fuera de casa, con sólo dos victorias lejos del Lluís Sitjar en toda la Liga, la última de ellas precisamente en el desplazamiento anterior.

La semana previa al partido fue muy larga. Por un lado, los preparativos de un viaje que no era precisamente sencillo, ya que por parte del grueso de los aficionados había que cubrir una larga distancia por carretera hasta llegar a Logroño, previa travesía en barco. Sin embargo la convocatoria fue un éxito y miles de mallorquinistas estuvieron con su equipo en Las Gaunas. 3.500 para ser exactos. Un número jamás alcanzado hasta entonces.

Miguel Contestí, por su parte, había tenido largas y profundas conversaciones con Joaquín Negueruela, presidente del Logroñés, con quien compartía años de amistad. No es que se pretendiera comprar el partido ni mucho menos, pero sí que se aplicara uno de los códigos más frecuentes en el fútbol de la época: hoy por ti y mañana por mí. Negueruela no veía ninguna necesidad de que su equipo se empleara a fondo en un partido en el que no le iba ni le venía nada, pero eso chocaba contra la opinión de su entrenador, que era nada menos que el vasco Koldo Aguirre, al que Contestí había cesado tres años antes tras ocho jornadas de Liga. Koldo estaba profundamente resentido y se lo tomó como algo personal. No sólo jugaron todos los titulares, sino que lo hicieron intensamente motivados por su propio banquillo y, por supuesto, por el jugoso premio prometido desde La Coruña.

La primera parte acabó con empate a cero y sin ocasiones destacadas, pero la segunda fue un verdadero caldero. Abrió el marcador el Logroñés por medio de Lotina -sí, el Lotina que todos conocéis- y en la grada que ocupaba el sector mallorquinista se hizo el más absoluto silencio durante muchos minutos.

Desesperados porque ni siquiera el empate les valía, los jugadores de Serra Ferrer se lanzaron a un ataque a tumba abierta, pero el reloj corría en contra y lo hacía a una velocidad de vértigo. El 1-0 no se movía y todo parecía perdido, pero a los 69 minutos Enrique Magdaleno recibió un balón en el área y, desafiando su apodo de «Tronquito», resolvió ante Moncaleán con una vaselina maravillosa, demostrando una sangre fría digna de un supercrack.

El 1-1 seguía sin ser suficiente, pero los jugadores ya no corrían solos. Empujados por sus aficionados, incluso por parte de la grada local, que había hecho buenas migas con los mallorquinistas desplazados a Logroño -hay imágenes entrañables de la víspera en las calles viejas riojanas compartiendo vinos-, el Mallorca exprimió hasta la última gota de sudor que le quedaba y a los 86 minutos el extremo izquierda murciano Fernando Martínez Pérez, conocido futbolísticamente como Puskistas, rebasó con una bicicleta la marca del lateral derecho Marro y retrasó el balón para que el salmantino Luis García, lanzado desde atrás, rematara con toda su alma al fondo de la red.

De verdad que mientras os lo estoy contando me vienen a la cabeza con una frescura increíble aquellas imágenes que tienen ya 34 años de vida. Hay partidos que marcan, y aquel Logroñés-Mallorca marcó para siempre a muchísimos mallorquinistas.

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