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Ron

Por Luis Sanchis 

A este equipo se le ve algo que por momentos trasciende lo profesional. Algo que atrae, algo que te hace volver la vista cuando pasas a su lado, algo de lo que quieres estar cerca. Porque el buen profesional, y estos jugadores, con sus aciertos y con sus errores, ya han demostrado que lo son, llega lo más honestamente que sabe hasta su límite. Estos no. Estos llegan al borde y, exhaustos, se ríen del precipicio. Y siguen. Apasionados. Del balón. De la victoria. De Vicente Moreno. O del Mallorca. Me da igual. Pero apasionados.
Seré yo, lo más seguro, pero a Salva Sevilla se le está poniendo cara de Olaizola. De ese vasco que se enamoró de la Isla y le hacía ser mucho mejor jugador de lo que era. Porque el cariño no es exigible, pero joder cómo se nota. Puede que fuera eso mismo lo que impulsó a Aridai a correr de aquella manera contra el Cádiz, ¿os acordáis? Ya decía yo que lo veía más alto, casi tanto como Jovan.
Son palabras mayores y hay que ir con cuidado al pronunciarlas. Pero, creo, que este grupo corre el riesgo de cogerle cierto aprecio a nuestro equipo. Y si no, al menos, al tiempo que cada uno de ellos está viviendo en nuestra casa. Y eso, aunque parezca muy poquito, es tremendo para el club.
Y la afición, más o menos numerosa, es sabia. Y amor con amor se paga. Y aplaude en la derrota, aunque lo único que desee sea la victoria. Porque además de sabia, es justa. Y egoísta. Y no quiere compartir lo que ahora mismo tiene. Porque en un fútbol que cada día es menos fútbol, lo más viejo es lo añorado.
Este equipo se ha arriesgado, mucho, al entregarse como se ha entregado hasta la fecha. Mantener este nivel de compromiso no será fácil, pero sí clave para que la embarcación llegue a buen puerto. El que sea. No nos asustemos, pues, si la nave zozobra en algún momento por el oleaje de algún mal resultado.
La travesía es larga. Faltan muchas millas por surcar y algún que otro partido por jugar. El rumbo es claro. Vayamos pues hasta ahí. Lleguemos con la lengua fuera hasta el borde mismo, descorchemos una botella de ron y riámonos del vacío. Y sigamos. Apasionados. Del balón. De la victoria. De Vicente Moreno. O del Mallorca. Me da igual. Pero apasionados.

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