Lo que el ojo no ve

Cuenta la leyenda que Aristóteles y Plinio el Viejo reflexionaban sobre cuestiones económicas antes de llegar a la conclusión de que la atención del amo sobre el ganado o la siembra redundaba en un mejor cuidado de frutos y animales. Los historiadores o al menos algunos de ellos, atribuyen a aquella charla el orígen del refrán que dice que «el ojo del amo engorda el caballo».

Seguramente nadie le ha contado nada parecido al americano impasible, Andy Kohlberg, que no solo mantiene su mirada a distancia del Mallorca sino que ya ni hace acto de presencia para salir en la foto oficial de la temporada seguramente para no dejarse ver al frente de un equipo de segunda división, categoría a la que le condenaron sus encargados Díaz y Ortells. No es lo único que desconoce ni reconoce.

El problema que plantea el modismo surge en cuanto el dueño mira hacia otro lado o, en este caso, confía en la visión de sus empleados. No es lo mismo, no, aunque cada uno vela por su dinero, no el de quien paga, sino el de los que cobran. Ya me entienden. La sección ya la creó el malogrado Michael Robinson dentro de el Día Después y se llamaba «Lo que el ojo no ve». Ignoro si aún se emite.

Los aficionados del Rayo Vallecano hicieron de las palabras papelitos para que su presidente aguzara la vista, pacífica forma y mejor fondo. Claro que para profundizar se necesita una revisión ocular a cargo de un buen especialista. Se practica una prueba para medir el campo visual capaz de ser advertido por el paciente. Tal vez no sea necesario porque, por mucho que nos fijemos en la instantánea, no encontraremos a los pies del muro de Raixa, lástima no haber aprovechado sus jardines, ni rastro del propietario. El amo.

Deja una respuesta