Desde la consternación y el respeto
Vaya por delante mi pesar por el calvario que van a pasar tanto la familia del jugador del Tenerife Jesús De Miguel, como la del portero del Andorra, Owono. Para poder escribir sobre el fatal incidente he tenido que abstraerme de las redes sociales llenas de odios, frustraciones y «sabios» de vista aguda, expertos en interpretación de imágenes y hasta de fundamentos jurídicos que anticipan la investigación oficial pertinente previa a la decisión de un juez.
Cuando la tragedia supera al drama se hace imposible cualquier control emocional. Siempre digo lo mismo si en el transcurso de un debate, una reunión de amigos o familiar surgen opiniones acerca de problemas graves como el de Ceuta o el choque de trenes de Urda: «hay que estar allí, no se puede medir la calamidad a través de lo que se ve por la televisión o cuentan los medios». El espectador jamás usurpa el sentimiento de los protagonistas.
Una de las más aberrantes decisiones inherentes al uso del VAR es la de apreciar la intensidad de un empujón, una patada o un agarrón amparada por comentaristas de tres al cuarto. La realidad es que una mano sobre Mbappé es penalti en Santander y otra encima de Luvumbo en Palma no es «suficiente». Dicho sea a mero título de ejemplo. De ahí que deberíamos ser prudentes al convertirnos en jueces de la acción entre el agresor y el agredido a partir de los vídeos que circulan de aquí para allá. No caigamos en la trampa de dictaminar incluso la intencionalidad del futbolista que va mirando el balón y el guardameta que le arrolla.
Ni el fútbol, ni la vida son justos. La justicia humana, tampoco. El respeto, la condolencia, la solidaridad y la empatía, sí.











